

Los resultados de la consulta interna del petrismo abrieron un debate profundo sobre el rumbo real del llamado “cambio” y dejaron en evidencia una transformación que va más allá de lo ideológico. Lo que durante años se presentó como una alternativa política basada en la movilización social y el progresismo terminó reflejando, según críticos y analistas, una lógica marcada por el control burocrático y el peso de las maquinarias electorales.
El propio presidente Gustavo Petro terminó reconociendo, de forma implícita, un reordenamiento del poder interno, mientras los resultados confirmaron que figuras como Armando Benedetti se consolidan como actores determinantes en la toma de decisiones y en la arquitectura electoral del proyecto político. Para sectores de la izquierda tradicional, la consulta demostró que el discurso transformador quedó relegado frente a prácticas propias del establecimiento que durante años se cuestionaron.
Uno de los casos más comentados es el del senador Wilson Arias, cuyo crecimiento electoral fue exponencial. Arias pasó de obtener cerca de 15.000 votos a superar los 170.000, un salto que, según sus detractores, no responde a una movilización social espontánea, sino al control institucional y territorial derivado de su influencia en entidades como el SENA. Para críticos del petrismo, este ascenso simboliza el tránsito de un liderazgo sindical a una figura con rasgos de barón electoral, lo que reaviva el debate sobre si se trata de progresismo o de clientelismo con nuevo lenguaje.
Otro ejemplo que alimenta la controversia es el de Alfredo Mondragón, quien en su momento fue identificado como uno de los rostros políticos de la llamada primera línea y de la protesta social. Hoy, su integración plena a las dinámicas del poder institucional es vista por sectores inconformes como la prueba de que la movilización fue absorbida por el sistema que decía combatir, mientras las corrientes históricas de la izquierda fueron desplazadas sin mayor resistencia.
Para analistas críticos, la consulta dejó un mensaje claro: el “cambio” que prometía transformar las reglas del juego terminó adaptándose a ellas. La ideología quedó como relato de campaña, mientras la gobernabilidad y la disputa electoral se sostienen cada vez más en estructuras burocráticas, alianzas pragmáticas y control institucional. En ese escenario, el petrismo enfrenta ahora el reto de explicar si este giro es una estrategia coyuntural o la confirmación de que su proyecto político entró, definitivamente, en reversa.
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