

La emergencia por erosión costera en el litoral pacífico colombiano preocupa a las comunidades de Juanchaco y Ladrilleros, en Buenaventura (Valle del Cauca), donde el mar ha destruido parte de las playas y arrasado con al menos 30 viviendas en las últimas semanas. Habitantes del sector denuncian que las autoridades locales y nacionales no han respondido con la urgencia que demanda la situación.
El avance del mar se ha intensificado por las fuertes marejadas y la falta de obras de contención, dejando a decenas de familias en riesgo de perder sus hogares. Aunque la Alcaldía de Buenaventura ha entregado costales y materiales para improvisar muros, estas soluciones resultan insuficientes frente a la magnitud del fenómeno. “Nos sentimos abandonados. El mar se está llevando nuestras casas y no vemos una respuesta seria del Gobierno. Solo nos dicen que están haciendo estudios, pero mientras tanto seguimos perdiendo todo”, expresó uno de los líderes comunitarios.
La emergencia también ha golpeado la economía local, dependiente del turismo. Las playas erosionadas, el deterioro del paisaje natural y la acumulación de desechos sólidos en la costa han reducido drásticamente la llegada de visitantes, afectando a familias que viven del alquiler de cabañas, los tours ecológicos y la gastronomía tradicional.
La contaminación, producto de los residuos arrastrados por las mareas, ha agravado los riesgos sanitarios y amenaza la biodiversidad del Parque Nacional Natural Uramba Bahía Málaga, uno de los ecosistemas más valiosos del Pacífico colombiano.
La comunidad pide la intervención urgente de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), el Ministerio de Ambiente y la Gobernación del Valle, con el fin de implementar medidas de mitigación, obras de protección costera y planes de reubicación digna para las familias afectadas.
De no tomarse acciones inmediatas, advierten los pobladores, Juanchaco y Ladrilleros podrían perder no solo su territorio frente al mar, sino también su identidad cultural y su principal sustento económico. “La erosión comenzó el año pasado y ya se ha llevado unas 30 casas. En estos meses finales del año, cuando la fuerza del mar aumenta, el peligro es mucho mayor”, relató la habitante Natalia Gamboa, mientras muestra las barricadas de costales que hoy son la única defensa ante la furia del océano.
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