

Una nueva tragedia empaña el deporte aficionado en Colombia. El abogado y corredor Jaime Enrique Rodríguez Bernal perdió la vida tras desplomarse en plena Media Maratón de Cali, un evento organizado por la reconocida firma Juancho Correlón. Su muerte se suma a una preocupante cadena de fallecimientos que han sacudido a esta organización en los últimos años, y vuelve a poner sobre la mesa serios cuestionamientos sobre la preparación, logística y protocolos de emergencia en estas competencias.
Rodríguez, bogotano y apasionado del atletismo, se desplomó mientras corría la exigente prueba de 21 kilómetros. Aunque los organizadores aseguran que fue atendido de inmediato y trasladado en ambulancia a la Clínica Imbanaco, donde falleció, muchas voces —incluyendo corredores y expertos en salud deportiva— se preguntan: ¿fue suficiente la atención médica? ¿había puntos de control adecuados? ¿se contaba con monitoreo constante de los atletas?
Mientras las redes sociales se llenan de homenajes a Jaime Enrique, también se alzan voces que piden explicaciones. La organización emitió un escueto comunicado lamentando lo ocurrido, pero sin asumir ninguna responsabilidad concreta. Sin embargo, este no es un caso aislado: al menos tres personas han perdido la vida en eventos organizados por Juancho Correlón en los últimos cinco años, una estadística que debería estremecer a cualquier entidad que se proclame promotora de la vida saludable.
La concejal de Cali, Daniella Plaza, expresó su pesar por la tragedia y llamó a los deportistas a prepararse mejor. Pero ¿es justo cargar toda la responsabilidad en los corredores? ¿Qué papel juegan los organizadores que cobran inscripciones millonarias, promocionan carreras masivas y lucrativas, pero no garantizan condiciones óptimas para todos los participantes?
En medio del dolor, los familiares del abogado aún no entienden cómo un hombre saludable, disciplinado y con experiencia en este tipo de pruebas, pudo morir sin una señal clara de alerta previa. En su última publicación en redes, días antes del evento, Rodríguez se mostraba emocionado por correr en Cali. Nunca imaginó que sería su último destino.
El silencio de los organizadores ante las críticas por fallas en el sistema de atención, la falta de desfibriladores visibles en tramos críticos y las demoras en entregar reportes oficiales han encendido las alarmas entre corredores y especialistas. ¿Cuántas vidas más deben perderse para que las autoridades exijan estándares reales en la organización de estos eventos? ¿Por qué no se han abierto investigaciones formales? ¿Dónde están los controles de las secretarías de salud y deporte?
La Media Maratón de Cali, que debería ser una fiesta del atletismo, hoy se convierte en un símbolo de luto e indignación. La vida de Jaime Enrique Rodríguez no puede ser una estadística más. Su muerte clama por respuestas, por responsabilidad y por un alto definitivo a la improvisación peligrosa que sigue cobrando vidas en las calles colombianas.
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